22È CONCURS LITERARI JOAN PERUCHO OBRA GUANYADORA CATEGORIA ADULTS

L'obra "El abismo del tiempo" escrita per Oscar Sánchez García, ha estat la guanyadora de la categoria d'adults de la 22a edició del concurs literari "Joan Perucho". L'autor, resident a Arbúcies, va recollir el seu premi a l'acte que es va fer a la vigília de Sant Jordi a l'escola Joan Perucho.

EL ABISMO DE TIEMPO

Pedro era un consumado montañista; se jactaba de conocer todas las lomas, picos y hasta las más niminas elevaciones de las cordilleras adyacentes a su comarca y más lejanas aún.

 

Aunque no era una persona reservada, sino envuelta en un luminoso halo de sociabilidad, prefería la soledad del caminante en su senda y dejar que el frescor del bosque entrara por todos sus poros.

 

Jamás repetía la misma ruta, y si tenia que atacar varias veces la misma montaña, lo hacía desde distintas vertientes, pues la subyugante pirámide que se yergue sobre los hombres tiene varias y excitantes caras hasta llegar a su único y misterioso vértice.

Un día otoñal, en el que el suelo estaba tapizado de hojas y los montes se hallaban pintados de tonos ocres y verdosos con maestría por la paleta de la naturaleza, decidió madrugar y alejarse lo más posible de su ruta habitual.

 

Quería bordear el arroyo que serpenteaba con voz argentina junto a su casa corriente arriba hasta encontrar la fuente de la que manaba.

 

Era un largo recorrido y no sabía por qué motivo no lo había intentado antes; es de esas decisiones que se van posponiendo hasta que la nebulosa que las conforma durante años se solidifica por fin y nos muestra el camino de manera fehaciente e inequívoca.

 

Desayunó excelentemente, acaparando calorías y fuerzas para acometer aquella empresa y, tras haber comprobado que llevaba todo lo necesario en su mochila, emprendió el viaje con su larga zancada de experimentado y bien entrenado deportista.

 

Bajó hasta el lecho del riachuelo; las últimas lluvias lo habían aumentado hasta parecer que se había convertido en un adulto. Sin duda, ufano de su pasajera condición, se podría haber codeado con los grandes ríos que surcaban los continentes. Aunque aquellos estaban demasiado alejados para escuchar su insistente rumor.

 

Tras contemplarlo un instante, anduvo paralelo a él en una estrecha senda hollada por la multitud de pies anónimos que, como los suyos, se mostraban alegres y confiados por el mero hecho de recorrerla.

 

Anduvo varios kilómetros a buen paso río arriba, en los que la pendiente era continuada pero no pronunciada en demasía; hasta que llegó a una roca plana que hacía de mirador natural y allí se dispuso a hacer el primer alto para descansar y almorzar frugalmente.

 

Tras hacerlo cerró los ojos para imbuirse del rumor del agua y de los sones que lo envolvían, entonces extrajo un pequeño cuaderno de notas y escribió los siguientes versos:

 

En la árida roca del pensamiento,

esculpirás vanas insensateces;

tu único testigo será el viento…

!Y así será por millones de veces!

 

No se consideraba un literato, solo un humilde aprendiz de filósofo que en sus ratos libres escribía versos.

 

Cerró a la misma vez libreta y pensamiento y se levantó con renovado ánimo, pues aún no se hallaba ni a la mitad de su trayecto.

 

Tras un recodo, la senda se estrechó abruptamente, como si su profusa cabellera se hubiera encogido hasta la anchura de un cabello.

 

La subida también se hizo más pronunciada, por lo que ralentizó su paso, acompasándolo a las nuevas condiciones y así economizar energías.

 

El frondoso bosque dio síntomas de extenuación y, como si de una repentina alopecia se tratara, los claros preponderaron sobre las apretadas filas de árboles y el sol de mediodía mostraba todo su poder cuando poco antes solo se había mostrado a retales bajo las vegetales sombras.

 

El riachuelo, al igual que el camino, ahora no era más que una línea cristalina y por momentos desaparecía bajo las rocas, tomando la apariencia de una corriente subterránea que al cabo de unos cientos de metros volvía a aparecer más allá.

 

Al final de aquel intermitente recorrido, Pedro divisó una escuálida cascada y, al acompañarla con la vista, vio que se perdía en la lejanía hacia lo alto.

 

Le dio la sensación que lo hacía en las profundidades del cielo, pues paradójicamente la sensación de altitud le produjo un repentino malestar.

 

No veía el final de aquella, pues ante él se hallaba una inmensa mole de extraña factura, de la cual se preguntaba por qué no la había divisado desde una gran distancia.

 

Con toda certeza se trataba de una montaña, pero, aunque la observaba con detenimiento, a cada parpadeo que hacía o si su mirada intentaba abarcarla en toda su extensión, parecía que cambiaba de forma y tamaño.

 

Sin duda se debería al efecto del agua y el sol, los cuales tamizaban su apariencia, confiriéndole una textura caleidoscópica.

 

Otro hecho inusual era que, pese a las últimas lluvias, lo que tenía que ser una generosa cascada no fuera más que poco más que un grifo goteante, pese a la increíble caída a pico que tenia.

 

Y, lo que era desconcertante para él: ¿por qué no se había cruzado con nadie en todo su largo recorrido? Ahora se daba cuenta de ello.

 

Miró hacia el cielo y las exiguas nubes se convirtieron en un inmenso interrogante; en el firmamento no hallaría la respuesta, así que decidió encontrarla en las alturas.

 

Observó que un camino pedregoso surgía de la falda montañosa y allí dirigió sus encallecidos pasos, curtidos en centenares de ascensiones.

 

Era un senda tortuosa, laberíntica; aunque a veces tenía la sensación de ascender en línea recta, otras lo sorprendía una súbita espiral.

 

La composición también lo dejó estupefacto, pues ora atravesaba un suelo granítico, ora lo hacía en uno de pizarra, mientras que la frondosa maleza se convertía por arte de magia en un entorno desnudo, agreste, como si fuera un paisaje lunar.

 

Tampoco veía animales de ningún tipo, incluso insectos, ni aves que surcaran las proximidades. Estaba solo ante el misterio de aquella cumbre.

 

No quería mirar hacia arriba y se centró en el duro recorrido que tenía ante sí; sabía que si lo hacía jamás podría coronar la cima y hubiera sido un duro golpe a su orgullo, ganado a pulso tras múltiples hazañas de las que se sentía tan ufano.

 

Pese a la apariencia inicial, sus pies devoraban los metros a una velocidad pasmosa y sin apenas esfuerzo; era una senda plúmbea la que pisaba, como si estuviera alfombrada por una pátina de ligereza.

 

Hizo un alto en el camino para beber agua y contempló el paisaje que tenía a sus pies. No reconoció nada de lo que veía, pues no se veían pueblos de ningún tipo, ni más montes en la lejanía; era como si estuviera en una isla emergida abruptamente ente un mar de verdor infinito.

 

Fuese lo que fuese, su espíritu aventurero le animó a proseguir y, pasado un recodo, el camino desembocaba en una cueva horadada en la roca, como si fuera la puerta natural de un paño en la muralla de un castillo.

 

No parecía muy extensa, pues se veía luz al fondo; justo al entrar en ella, la traspasó rápidamente y salió de nuevo al exterior.

 

Al hacerlo quedo desconcertado, pues sin duda estaba en la cumbre y aún no sabía como había llegado a ella, pues creía estar todavía a mitad del trayecto.

 

Era una gran altiplanicie de forma achatada, la cual carecía de todo rastro de vida animal y vegetal: el manto de la desnudez cubría su piel desértica e incuso el más ínfimo guijarro era ajeno a ella.

 

Se acercó más y contempló con asombro que el paisaje cambiaba al instante, como si fuera un espejismo. A sus pies había un enorme anfiteatro de piedra natural y este dirigía su pétrea mirada a un gran agujero circular.

 

La cima de la montaña no era más que un enorme, extravagante embudo.

 

Aún absorto, intentado procesar tanta cantidad de ajena información, se dio cuenta de que en uno de aquellos escalones -que no habían sido tallados por manos humanas, pues la construcción formaba un solo y monolítico conjunto, había sentado un anciano, el cual no parecía haberse percatado de su presencia.

 

Se acercó a él lenta, silenciosamente; aquel mantenía los ojos cerrados en honda meditación y sus ropas no eran más que una especie de sayal gris y en su diestra empuñaba un bastón largo y nudoso.

 

Cuando llego a su altura vio que en su mano izquierda aferraba un pequeño reloj de arena, del cual caían finas e iridiscentes partículas; a cada instante parecían cambiar de color y su visión resultaba hipnótica. Por su tamaño no debería de durar más de cinco minutos en darle la vuelta.

 

Sin duda, el viejo morador no sería más que un ermitaño que había formado su hogar en aquel extraño lugar.

 

Cuando llegó a su altura, abrió los ojos y le escudriñó con atención; eran de una palidez amarillenta, azafranada y una densa tela los cubría como si sufriera de cataratas.

 

Aunque no eran de aquel tipo que dificultan nuestra visión – pensó Pedro- sino que tras aquella mirada acuosa se deslizaban en cascada la distancia de los siglos.

 

El hombre daba la impresión de tener una edad muy provecta y tardó en reaccionar; cuando lo hizo habló en estos términos:

 

- Bienvenido a mi humilde morada, pues el cielo es mi techo y el polvo del camino mi suelo; los escalones que ves son mis paredes y el saber de las edades mi alimento.

 

Pedro miró a su alrededor y se alegró de tener consigo su mochila, pues su anfitrión no parecía que tuviera gran cosa.

 

Aquel siguió diciendo:

 

- La senda que has recorrido no es la única para llegar hasta este santuario, pero eres el único que lo ha hecho en muchas décadas; aquí no llega quien planifica su ruta creyendo que encontrará algo determinado; eso es para quien tiene una mente limitada carente de imaginación.

Aquí únicamente lo hacen los elegidos, los sensitivos, los poetas que sueñan estrellas en las noches oscuras y que tejen tapices soleados en los días de lluvia.

Son pocos – terminó-, quienes atraviesan el velo del misterio y contemplan el abismo del tiempo.

 

Tras aquel discurso no supo qué decir, pero por suerte no hizo falta: el anciano le conminó a seguirlo gradas abajo; mientras bajaban lentamente volvió a fijarse en el reloj de arena con atención: estaba seguro de que no lo había girado, pero la arena resplandeciente seguía manando como si su fuente fuera un desierto inagotable.

 

Llegaron al final y el anacoreta le impidió mirar por el agujero en un principio, poniéndole delante su bastón. Primero le dijo:

 

- Antes de contemplar lo que guarda, túmbate y aférrate bien; si lo haces de pie o sentado, no serías el primero que caen sus hambrientas fauces.

 

Pedro se espantó ante sus palabras, pensando que en aquel lugar moraría una criatura salvaje, la cual era alimentada por los incautos que llegaban hasta allí, Miró al anciano por encima del hombro, temeroso que lo empujase, más aquel le confortó con estos términos:

 

- Nada temas, me retiraré unos metros y me sentaré, pues estoy cansado.

 

Tras hacerlo, Pedro siguió su consejo y tras apoyar la barriga en el suelo, apoyo las manos en el borde y miró con precaución hacia abajo.

 

Era el brocal de un pozo amplio y perfecto, del que sobresalían en su pared una especie de escalerilla de la que no veía el final.

 

No hubo jamás oscuridad más impenetrable, ni sensación de profunda infinitud que la que le produjo su mera contemplación.

 

Un rayo de luz iluminó tenuemente el primer tramo y, lo que en un primer momento había tomado por agarraderas, no era más que oxidadas secuencias numéricas que sobresalían de la superficie musgosa y goteante, empezando por el uno y continuando hacia abajo por estricto orden.

 

Una vertiginosa opresión hizo que sintiera el mayor vértigo que había sufrido en su vida y el repentino mareo estuvo a punto de hacerle caer a aquella profunda sima abisal.

 

Entonces una mano agarró su hombro y le hizo retornar el equilibrio; era el ermitaño que, mientras Pedro recobraba el sentido y el aliento, contestó a las preguntas que se agolpaban en su aturdida mente.

 

- Ha contemplado lo que no se puede contemplar, has sentido lo que no se puede sentir y has creído en lo que no se puede creer – comenzó-

 

Yo soy el guardián del tiempo y este es su santuario; cada número que has visto simboliza un año desde que nació y se adentra más y más en las profundidades, no ya de la tierra, sino de la dimensión infinita que a la humanidad le es ajena.


Los seres intentan aprehenderlo, pero es como el agua que se escurre entre nuestras manos y como el aire que respiramos y que no vemos.

Solos los poetas captan de forma superficial su significado, pero hasta el arte es efímero ante la enormidad de su reinado.

 

Aún confuso y retumbado sus palabras como un sonoro eco, desanduvo su camino sin mirar atrás. Sabía que, aunque lo hiciera, no vería nada extraño,; el camino que tenía ante sí no era más diferente que cualquier otro y no atravesó a la vuelta ninguna cueva.

 

Los pájaros trinaban y los árboles bajaban sus ramas bajo el peso de aquellos y las hojas saludaban las caricias del viento.

 

Pronto estuvo en su falda y al mirar a lo alto no vio más que una montaña normal; incluso el arroyo fluía de manera ágil y sincopada.

 

Pero el sonido del agua le recordaba aquel inmenso embudo, por el cual se desliza eternamente el abismo del tiempo.

 

Pseudònim: Maufrigneuse

Autor: Oscar Sánchez García

Guanyador 1r Premi Categoria Adults